La figura del profesor ha sido históricamente un pilar fundamental en la educación, pero en las últimas décadas, su autoridad parece haber sido socavada en el hogar. Según Juan Pablo Catalán, académico e investigador de Educación de la UNAB, un simple diálogo entre un niño y sus padres sobre una mala nota puede desatar una cadena de desconfianza hacia el docente. Reacciones como «algo hizo mal el profesor» o «no puede ser tan difícil, seguro exagera» no solo deslegitiman al educador, sino que también afectan a la percepción del estudiante sobre la importancia de la educación. Este fenómeno, que puede parecer insignificante, tiene implicaciones profundas en la relación entre familia y escuela.
Catalán argumenta que los problemas de tensión y desconfianza en las aulas no surgen de la nada. Es un proceso que comienza en casa, donde se envían señales sobre la validez de la figura del profesor. En vez de ver al educador como un aliado, se empieza a percibirlo como un adversario. Este cambio de perspectiva es veneno para la enseñanza y la convivencia escolar, ya que la crisis de autoridad se traduce en una falta de respeto y reconocimiento hacia el trabajo docente. La realidad es que sin un soporte sólido desde el hogar, el proceso educativo se debilita.
Los sistemas educativos más exitosos no son aquellos que imponen reglas estrictas, sino aquellos que fomentan la confianza y la colaboración entre el hogar y la escuela. Este es un resquicio de verdad que resuena en la evidencia presentada por la OCDE y la UNESCO. La investigación ha demostrado que un entorno escolar saludable está imbuido de respeto y reconocimiento hacia el profesorado, un elemento crucial para facilitar aprendizajes significativos. No obstante, la situación en Chile sugiere lo contrario: se ha vuelto común cuestionar la autoridad de los docentes sin un entendimiento claro de sus intenciones.
La crítica muchas veces se convierte en descalificación, despojando al profesor de su autoridad y dejando al alumno sin un referente claro. El Ministerio de Educación de Chile ha indicado que una formación integral requiere una alianza efectiva entre familia y escuela. Sin embargo, esta alianza no debería ser solo un compromiso superficial, sino construirse diariamente en acciones concretas como reforzar hábitos de estudio y respaldar decisiones pedagógicas. La ausencia de este apoyo puede llevar al estudiante a interpretar la enseñanza como algo negativo, afectando su motivación y rendimiento académico.
La crisis actual en el sistema educativo chileno no es meramente institucional; refleja un cambio cultural en la manera en que se percibe y se valora la educación. Este panorama es doloroso porque denota que la sociedad ha dejado de reconocer el esfuerzo de quienes educan. Sin embargo, hay esperanza en pequeñas acciones cotidianas. Cambiar la narrativa en los hogares, para fomentar la confianza en los docentes, puede ser el primer paso hacia la reconstrucción de una relación sólida entre la familia y la escuela. Recordar que educar es una tarea compartida puede cambiar el rumbo de la educación en Chile.

