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Un auto: Lujo, necesidad y crisis

En plena década de los 80’s, comprar un automóvil era todo un acontecimiento tanto en la familia como en el barrio. Era una época distinta, más austera y sencilla, por lo que decidir y adquirir un automóvil – por muy económico que fuese- tenía una connotación de lujo y de estatus.

Eran tiempos donde el sueño del auto propio era el máximo anhelo de los chilenos y, con la llegada de la democracia y la bonanza económica, permitió que  muchos adquirieran desde el famoso “Lada” hasta las marcas más costosas y exclusivas.

De ahí en adelante nos empezamos a acostumbrar con diversos términos que se asociaban con la llegada masiva de automovilistas: taco, tráfico, contaminación, restricción vehicular, pago de patente, entre otras situaciones que ya son parte de la vida cotidiana de cualquier conductor.

La economía siguió creciendo, los bancos ofrecían préstamos por doquier, las autopistas mejoraron y la situación del transporte público obligó a muchos a cambiarse de las micros amarillas a los citycars, jeeps, camionetas de doble cabina y hasta autos que estaban reservados para ricos y famosos de otros países.

Hoy, este medio de transporte que era símbolo de éxito económico pasó a ser parte de la canasta familiar de la clase media y más acomodada. Las cifras dan cuenta de esta realidad.

De acuerdo al Registro Civil, el parque automotor en Chile se septuplicó en 15 años, es decir, en el año 2000 habían 1.314.129 de vehículos inscritos, para fines de 2015 el número había llegado hasta los 7.314.305 unidades. Las regiones con más vehículos son la Metropolitana (4.121.355 unidades), Valparaíso (581.563) y Biobío (514.166). Por el contrario, donde hay menos vehículos es en Aysén con 31.854.

En cuanto a las marcas, los chilenos han preferido Chevrolet, Hyundai, Toyota, Nissan y Suzuki desde 1990 hasta 2015. Las motos no se quedan atrás con estas cifras de crecimiento, ya que actualmente hay más de 504.830 unidades de marca Honda, Yamaha y Suzuki.

Este crecimiento responde principalmente al enriquecimiento de la población y a las diversas opciones de pago, al igual que ocurre en otros países más desarrollados. Además, la concentración de vehículos en la Región Metropolitana se debe a que los trayectos son más largos y las personas se ven obligadas a adquirir un auto para evitar largas esperas o el servicio del metro o Transantiago.

Esta alza también ha obligado a los conductores a adquirir una cultura automotriz. Si en los ’90 era casi impensado contratar un seguro, ahora es una responsabilidad de los automovilistas, principalmente en la clase media. En la actualidad hay diversos planes de seguros automotrices que se pueden cotizar en línea y que se adaptan al presupuesto de cada uno de los automovilistas de acuerdo al modelo de auto.

Sin duda alguna, el automovilista está más consciente de los beneficios y responsabilidades que conlleva tener un vehículo en familia. Lo que cabe preguntarse es: ¿cuáles son los límites de este crecimiento automotriz en ciudades cada vez más congestionadas? ¿Cómo se plantea la ciudad del futuro con esta alza sostenida de autos en sus calles?

El auto ya dejó de ser un lujo y ya no es un símbolo de estatus, pero lo que debe preocuparnos ahora como sociedad es si es factible y eficaz en el tiempo. ¿Una necesidad? Puede ser, pero debemos exigir a nuestros representantes nuevas ideas para seguir conviviendo en comunidad y no convertir el auto en un enemigo más de un urbe con más y más problemas.

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